96 horas de amor y agua
Sara vino del mar,
con el viento de La Palma en los ojos,
con el sol aún dormido en su piel.
Zagreb la recibió con un murmullo de piedra,
con los brazos abiertos de Sinisa,
con la espera temblando en su pecho.
Sus pasos tejieron caminos de besos,
dejaron huellas en plazas y calles,
en la orilla nocturna de un vaso de vino,
en las sábanas donde la luna
dibujó sus sombras enlazadas.
Luego, Plitvice.
Los ríos cantaban su deseo,
las cascadas gritaban su fiebre,
y el agua, eterna e infinita,
aprendió su historia en un solo instante.
96 horas.
Un relámpago en la sangre,
una estrella que arde y se consume,
pero cuyo fulgor
vivirá para siempre en el eco del agua.
